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TEMA: Tornado de fuego y furia se desvanece entre convites, halagos y promesas de un mundo distinto

Tornado de fuego y furia se desvanece entre convites, halagos y promesas de un mundo distinto 16 Jun 2018 19:20 #10608

Poco tiempo ha pasado desde que Kim Jong Un llamara trastornado y senil (“viejo chocho” lo tradujeron algunas fuentes) al presidente Donald Trump. Por aquellos días el régimen de Pyongyang se ufanaba del poder destructivo que exponía ante el mundo de manera amenazadora. Las palabras del dictador se correspondían a la advertencia del mandatario norteamericano sobre una furia de fuego jamás vista, que ordenaría desatar contra el belicoso contrincante. El escenario parecía presagiar la inminencia de un conflicto de consecuencias impredecibles. Pero el encuentro escenificado entre Donald de Trump y Kim Jong Un en Singapur el pasado 12 de junio trajo implícito un cambio radical de los dichos.

A partir de ese día el “hombre cohete” pasó a ser una persona honorable, responsable, tozudo defensor de la paz y amante de su pueblo. Un giro más acorde con los tiempos de campaña electoral de Trump, cuando el entonces candidato a la presidencia llegó a sugerir cierta admiración por el mandatario norcoreano, con el que no le importaría compartir una hamburguesa. Pero sin dudas nadie pensó que realmente aquella broma expresa sobre un figurada cita gastronómica se verificaría pocos meses después frente a un refinado menú con cocteles de langostino, oiseon de pulpo fresco, pepinos relleno a la coreana y kerabu, una especialidad malaya a base de arroz, mango verde y salsa de lima con miel, entre otras delicadezas. Como plato fuerte las imágenes de un encuentro que nunca llegaron a concretar los antecesores del líder comunista y los presidentes norteamericanos.

Los protagonistas del encuentro coinciden en afirmar que a la luz de aquel primer contacto el mundo verá un gran cambio y el pasado de confrontación entre Corea del Norte y Estados Unidos quedó atrás. Un hecho que sin dudas marca un hito histórico pero que a su vez abre una larga cadena de cuestionamientos que muchos han comenzado enumerar.

Los seguidores de Trump aplauden lo que ellos atribuyen es consecuencia de la política de un presidente fuerte que ha conseguido doblegar al descarriado dictador norcoreano, haciendo viable la presumible desnuclearización de la península en conflicto, y lo que de ello se derive. El resultado, si es que el curso de los acontecimientos sigue en el buen rumbo iniciado, lo adjudican a la postura del Presidente republicano. Pero habría que preguntarse si realmente la carrera desatada por Jong Un no estaba dirigida a buscar beneficios muchos más gananciosos para su causa que el aparente deseo de destruir a Norteamérica y a sus aliados regionales. Ahora el dictador no solo adquiere relieve como personalidad política mundial que no puede ser omitido en la mesa de diálogo. Mostrando su capacidad para intranquilizar hogares vecinos y no tan cercanos, consigue poner esa macabra potencialidad como moneda de canje para continuar ejerciendo su poder despótico en los límites del feudo heredado, recibiendo además garantías de seguridad y posibles alivios financieros y económicos que vendrán presumiblemente tras confirmarse su buena disposición a cumplir lo firmado y visitar la Casa Blanca, invitación que ya aceptó.

"No es momento de centrarnos en armas nucleares. Es el momento de centrarnos en cómo oprime Corea del Norte a su pueblo" Un criterio de justeza inobjetable emitido por el refugiado Yeonmi Park pero sin peso ante la objetividad fría de los intereses de Estado. Los derechos humanos y otros aspectos relacionados quedan en el dossier de asuntos menos prioritarios. Poco importa que Trump asegure que de ello también hablaron en Singapur o será un punto a conversar en los próximos encuentros que ya anuncia. Tal vez para contentar las voces de los desertores norcoreanos refugiados en Estados Unidos y otras naciones que pidieron a Trump presionar a Pyongyang para poner fin a la esclavitud y al sistema de trabajo forzado que hace de Corea del Norte el peor país del mundo de acuerdo a parámetros internacionales sobre la esclavitud publicados en el 2016.

Vale tener en cuenta el paso dado por Obama para sacar del cesto el diferendo entre su país y la vecina Cuba, restableciendo unas relaciones rotas por más de 50 años. A Trump este paso le pareció malo y si bien no lo deshizo del todo al menos ha contribuido a enfriarlo y echarlo atrás, con el visto bueno de quienes afirmaban la inadmisibilidad de un acercamiento de posiciones con una “férrea” dictadura enemiga de Estados Unidos. Pero lo ocurrido en esta jornada memorable de junio (ocurra lo que ocurra posteriormente) quita peso a esos argumentos. ¿Acaso merece la más ligera comparación el régimen que impera al norte del paralelo 38 con el que supervive en la isla caribeña a la muerte de Fidel Castro?

Mientras en la Isla se afanan por lograr su sitio los nuevos emprendedores, incipiente sociedad abierta al comercio libre, alzan sus voces miembros de una disidencia entre las que últimamente destacan algunas por su fuerte antagonismo, aumenta el número de ciudadanos críticos hacia el sistema, incluso los que ponderan las virtudes del vecino norteño, del que ostentan sin ocultarse los símbolos nacionales o simplemente arrolla la ola creciente de antiguos exiliados- ahora emigrados- con su ir y venir constante entre las dos orillas viviendo al margen de las políticas ideológicas que durante años han funcionado como barrera infranqueable; en la Corea de Kim no se concibe siquiera un gesto que desentone con la partitura dirigida desde los gradas del poder. Imposible distinguir imágenes diferentes a la de esa población obediente que llora, ríe y aplaude de manera histriónica según el libreto que toque interpretar, a sabiendas de lo que ocurrirá al que ose equivocar el papel o cambiar el bocadillo.

Por ahora ha cerrado el primer capítulo de la serie iniciada en el encuentro de Singapur con un episodio que hasta ayer parecía improbable. Hay que reconocer que en este capítulo Donald Trump se anota un tanto importante. El mandatario quería, tal vez necesitaba, tener su momento histórico. Hora de gloria comparable a la marcada por Nixon en el Pekín de Mao o Reagan en el Moscú soviético. También, (¿por qué no?) la de Obama recibido por La Habana, aún con el Comandante en vida. Si se logra la paz, objetivo central de este contacto, el mérito y los réditos serán compartidos. Baste citar la frase que abre el video obsequiado a su interlocutor por la parte norteamericana: “dos hombres, dos líderes, un solo destino. Un nuevo mundo puede nacer hoy, hecho de amistad, respecto y buena voluntad”.

Evidentemente Trump habrá obtenido un sitial en la historia de su país y del mundo al ser el primer presidente de Estados Unidos en conversar con el líder de la parte comunista coreana aún en pie de guerra desde 1953. Por su parte Kim sale con el apoyo de los vecinos del área, que contemplan aliviados el curso de los acontecimientos, con más esperanzas puestas en el dictador que en el presidente que lo ha llevado a la mesa de conversaciones. Por otra parte el nieto de Kim Il Sung obtiene de alguna manera el reconocimiento para su gobierno y garantías de que podrá seguir ejerciéndolo sin temer no ya una invasión militar, sino lo que es peor el influjo pernicioso que acabe corroyendo los cimientos de un sistema que se sostiene sobre la miseria y el terror de millones que permanecerán en su ceguera, real o ficticia, ajenos a lo que ocurre al sur de esa frontera hermética que separa dos realidades. Definitivamente ni humillado ni perdedor, Kim Jong Un logra sus objetivos sin hacer muchos alardes y obsequiosos gestos de expresividad. Le bastó mostrar la carta del arma atómica, protagonista de esta peligrosa partida.
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