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TEMA: Aquellos Tiempos de la Cuba de Ayer

Aquellos Tiempos de la Cuba de Ayer 30 Mar 2011 17:15 #3585

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por: Humberto J. Bomnín

Testimoniar es corroborar hechos, vivencias, historias, invita al mejoramiento de las personas en la sociedad, además de su conducta, los valores, el sentido de la responsabilidad, la moral y las buenas costumbres, que no abundan hoy como es deseo de todos. De eso se trata lo que les relataré.

Generalmente se acude al pasado para establecer parangones y exhibir lo positivo que brinda el presente contrastado con el pretérito, pero muchas veces, sin espíritu crítico, se absolutizan las bondades de hoy, pretendiendo magnificar el presente sin ser fiel a la verdad que encierra ese pasado, aunque sin llegar al extremo de afirmar de forma absoluta que “cualquier tiempo pasado fue mejor”

Ofreceré breves testimonios, fundamentalmente a los más jóvenes, a padres y profesores de escuela para que realicen su propio análisis sobre algunas de las aristas del pasado que sería saludable rescatar antes que el tiempo y la indiferencia no las diluya en el olvido.

Al pasar frente al Cine Praga, ahora en reparación, recuerdo que hace alrededor de cincuenta años se encontraba en ese mismo lugar el Cine-Teatro Aída, al que muchos niños, adolescentes y jóvenes asistíamos a la matiné de los domingos para disfrutar por 10 centavos, de algo más de cinco horas de películas, dibujos animados, cortos humorísticos y noticiero semanal, todo ese tiempo sentados en lo alto de la guanajera, sobre duros bancos de madera sin espaldar.

Era costumbre entre adolescentes y jóvenes asistir al cine en bicicleta, a veces pasaba de medio centenar el número de bicis que parqueábamos, sin pedir permiso a nadie, en el portal del Tostadero de Café de Camoira, justo frente al cine, (donde se encuentra ahora Café Pinar)

Allí permanecían las bicicletas, en un portal sin barandas ni sogas, ni agentes de seguridad, sin candados ni cadenas por espacio de más de cinco horas, mientras nosotros disfrutábamos despreocupados de aquella maratónica matiné.

Una tarde, a las cuatro, tuve que salir del cine antes de terminar la función, tenía que cumplir con un encargo de mi familia que debía realizar en el comercio Labiada, (hoy restaurante La Casona) frente al teatro Milanés, en la calle Martí.

Esa tarde, al salir del cine, antes de llegar al improvisado parqueo de bicicletas, pude ver que tres niños, que deambulaban por la calle, se habían acercado a una de las bicicletas del portal y uno de ellos comenzó a acariciar el rabo de zorra, que tenía por adorno una de ellas, lo hacía más por atracción o curiosidad sin la menor intención de daño o hurto, mientras los otros miraban con ingenuidad movidos por igual deseo de poder sentir el contacto del adorno en sus manos.

Mientras esto ocurría escuché a dos hombres, que conversaban en la acera cerca del lugar, nada tenían que ver con las bicicletas ni con sus dueños cinéfilos de matiné; interrumpieron la plática ante la acción del niño, y uno de los hombres les espetó con voz firme, sin escandalizar: “¡Vamos, vamos, circulen!, ¡circulen!, y usted, deje de tocar lo que no es suyo, ¡respeten!” Inmediatamente, sin contestar una palabra, aquellos niños humildemente vestidos, abandonaron el lugar con cierto asomo de vergüenza, sin replicar, muy serios, compungidos, sus cabezas ligeramente inclinadas porque les había amonestado en público una persona mayor que ni siquiera conocían.

Nunca oí comentar a nadie de la pérdida de una bicicleta, ni siquiera de un timbre, espejo o retrovisor. Sobran los comentarios.

Recuerdo también que cuando contaba unos 8 años vivía en la calle Polvorín, (ahora Pedro Téllez, mártir del asalto al Palacio Presidencial y vecino colindante a la casa donde viví mi infancia) lugar donde nací (en el barrio de los Puchilanes), cuadra comprendida entre Delicias e Isabel la Católica. Recuerdo con nostalgia como en casi todas las casas, calles y barrios de este pueblo pinareño y de buena parte de Cuba, fundamentalmente en pueblos del interior, y hasta en algunas localidades de La Habana, la mayoría de las puertas de las casas permanecían abiertas, con el gancho en el marco y el cáncamo en la hoja de la puerta desde el manecer hasta altas horas de la noche; me parece oír las voces de vecinos que, al momento de quitar el gancho, soltaban el saludo familiar de: ¡Buenos días, cómo está la familia por aquí!, ya colaron, y la respuesta de: ¡Buenos días, muy bien! Gracias a Dios, ¡adelante! y solamente después de esa voz de, ¡adelante!, la persona se internaba en la casa hasta la cocina, repitiendo varias veces antes de llegar, se puede, se puede, seguido de la respuesta: ¡adelante, adelante, cómo no, siga para acá, para que tome un buchito de café.

Así desfilaban cotidianamente por mi casa, y por otras del vecindario, tío Pepe el carbonero, Yito el lechero, mi primo Alfredito y sus hermanas, Rufino el bodeguero, las mujeres clientes de mi mamá costurera que cocía para fuera ropa para niñas, adolescentes y jóvenes, sin contar los encargos de cubrecamas que mi madre confeccionaba con recortes de apliqué de diferentes telas y colores.

Venían amigas de mi hermana mayor; y también Mongo, el guajiro, esposo de Lucía, abuelo de Armando, el chino que vivía en los interiores, y procedía del campo, de ahí el mote de “Guajiro” él sabía pronosticar el estado del tiempo mejor que Millás, (el Capitán de Corbeta, director del Observatorio Nacional por aquella época). Mi mamá y las mujeres del barrio le preguntaban, ¡Guajiro!, quiero lavar y almidonar hoy, ¿cree que lloverá?, el Guajiro empujaba el sombrero hacia atrás con una mano, miraba detenidamente al cielo girando y mirando hacia arriba desde el centro de la calle, con una mano recostada en el cabo del cuchillo que sobresalía de la vaina y la otra en la punta del sombrero, mascullaba: “estuve temprano mirando las hormigas, las telas de araña, el viento, y las nubes y… luego se quedaba unos instantes en silencio… cuando por fin afirmaba que habría lluvias o no, y sepan, muy raras veces equivocaba el pronóstico.

Nunca oí hablar de disgustos, pérdida de objetos, dinero o cualquier otra cosa, ni en mi casa, ni en el vecindario, se vivía como en familla, con mucho respeto, disciplina, austeridad, educación, responsabilidad y consideraciones mutuas. Son muchos los recuerdos; por esa época salíamos de noche del bario en grupitos de cuatro o seis, luego de conversar, de hacer cuentos y relatos de andanzas en la misma esquina de nuestras casas, ya tarde, (podía ser después de la una de la madrugada), íbamos a buscar pan caliente y, un detalle, cuando caminábamos por las calles a esa hora de la madrugada en muchísimas casas había, justo frente a la escalera de los portales o al pie de las puertas de las casas, litros de leche y estuches metálicos repletos con su contenido lácteo, dejado allí por los lecheros a sus clientes. Nunca a nadie se le ocurrió tomar uno de aquellos litros, ni siquiera por otras personas jóvenes o adultas que venían de sus farras bajo el efecto del alcohol, mientras los dueños dormían plácidamente confiados hasta el amanecer para levantarse sin preocupaciones recoger el alimento fundamental del desayuno de la familia, y nunca, a nadie le faltó un litro, y había gentes con necesidades de alimentos. Nadie hacía guardia. Sobran también los comentarios.

Los que hoy pintamos canas y disfrutamos de mediana memoria, hemos sido testigos de estas y otras incidencias testimoniales muy valiosas, de cómo fuimos y cómo somos hoy, otras que quedan en el tintero de la memoria desde dónde quisiéramos hacerlas revivir hoy todas juntas con la intención de que vuelvan a ser como en aquel entonces y aún mejor.

¡Ojala podamos ir reviviéndolas pronto, poco a poco, juntos, con la responsabilidad de todos: padres, profesores, instituciones culturales, escuela, Iglesia comunidad y toda la sociedad! Estaríamos cambiando, poco a poco, la realidad de hoy en estos aspectos tan sensibles y deteriorados, confiemos que el favor de Dios nos permita lograrlo pronto para bien de la Casa Cuba y de todos los cubanos. Así sea.
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