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TEMA: Tribulaciones cubanas (1). Mi casa

Tribulaciones cubanas (1). Mi casa 14 Jun 2010 19:32 #3260

En 1968 después de 5 años de noviazgo, Ali y yo decidimos casarnos. Al igual que la inmensa mayoría de los jóvenes cubanos, casarse no significaba formar un hogar propio, ya que era prácticamente imposible comprar una casa, o alquilarla o fabricar un bohío siquiera. Recuerdo una frase escuchada hasta la saciedad desde mi niñez, “el que se casa, casa quiere”, lo que es muy cierto y significa que un matrimonio debe construir una nueva familia en la intimidad de los esposos, a partir de sus propias decisiones, correctas o erróneas, sin interferencia de padres, suegros o familiares, para así poder construir su propia historia personal y educar a sus hijos. Como les decía, en Cuba eso era y continúa siendo prácticamente imposible. Los que se casan o “se juntan” como sucede tan a menudo actualmente, tienen que ir a vivir con los padres de uno y los suegros del otro, en el mejor de los casos, pues hay innumerables parejas que tienen que vivir separados, pues no caben ni en la casa de sus padres. Muchos tienen que buscar un anciano que viva solo para cuidarlo y poder “heredar” la casa después de su muerte, si tuvieron “la suerte” de vivir mas de 5 años en la casa antes de la muerte del anciano. En la mayoría de los hogares cubanos de hoy, viven más de tres generaciones, abuelos, padres, hijos y nietos.

Ali y yo tuvimos la suerte de que la casa de mis padres era lo suficientemente grande como para ir a vivir con ellos. Nos amábamos extraordinariamente y pudimos superar las dificultades crecientes de lo que significaba vivir “agregados”. Ocho años vivimos en esas condiciones hasta que al fin y gracias a una ley que permitía el traspaso por herencia de terrenos, recibí la donación por parte de mi abuela, mis tíos y mi padre de un solar que era propiedad de mi abuelo ya fallecido y por lo tanto heredado por su esposa e hijos. Pude hacer todas estas gestiones y así lograr el sueño anhelado de tener un terreno donde poder fabricar mi casa.

Si la primera parte de la odisea había sido “el vivir agregados”, aquí comenzaba la segunda. Con mi salario de ingeniero, en aquella época de 300 pesos, que eran 300 pesos, por el valor relativo de las mercancías y los servicios, no alcanzaba para ponerse a fabricar. Cuando digo que 300 pesos eran 300 pesos, lo que quiero decir es que aunque la moneda cubana solo tenía valor internamente, con 300 pesos se podía vivir, al menos en el estrecho marco que brindaba la sociedad socialista, con los artículos de consumo, tanto comestibles como industriales totalmente racionados a través de dos libretas de abastecimientos, una para la “bodega” y otra para la “tienda”. Hoy día y tras la caída de la Unión Soviética y el desplome del campo socialista, 300 pesos significan aproximadamente 12 dólares, lo que en una economía casi totalmente dolarizada es un verdadero salario de miseria. Algunas empresas “mixtas” han aumentado levemente el salario de los trabajadores, al crear estímulos en divisas de aproximadamente el 5 % del salario, como sustitución de un primer estímulo que fue llamado por la población “la javita” y que consistía en otorgar un grupo de artículos de aseo personal, como jabón de baño, de lavar, desodorante, pasta de dientes, detergente, shampoo, papel sanitario e “íntima” para las mujeres trabajadoras, debo insistir aquí, en que este estímulo sólo se otorga a los trabajadores de las empresas con capital extranjero, porque los trabajadores de las empresas totalmente estatales, que son la gran mayoría no reciben ni siquiera esto.

Este relato no tendría ningún interés si no les cuento como logré fabricar mi casa, en gran medida una obra de la solidaridad de mi familia, mis colegas, mis amigos y mis alumnos. Comencé por los bloques. En la Concretera Nacional se podía obtener, tras un trámite y una buena dosis de “sociolismo”, un permiso para comprar bloques llamados “de segunda”, era un proceso de selección, el bloque allí producido era de primera calidad, pero muchos de los bloques tenían una rajadurita o una esquina que faltaba y por lo tanto se desechaba, para ello había que ir a trabajar una jornada completa en el proceso de selección que consistía en apartar eso bloques “con defectos” y organizarlos en una “pila de tu propiedad” para después ser inspeccionados y poder pagarlos. Recuerdo que trabajé un día completo y el trabajo fue tan duro que por poco me desmayo. No estaba acostumbrado a ello. En fin que tuve que pagar a una persona bien adiestrada, para poder lograr la cuota asignada de mil bloques. Un camión alquilado con un grupo de compañeros de trabajo que me acompañaron para ayudarme, hicieron posible la carga, el traslado y la descarga de los mismos en el solar de mi propiedad

Pasó algún tiempo antes de poder conseguir el cemento. Era el año 1976. Desde Nuevitas un ferrocarril cargado de cemento se descargaba en la Concretera Nacional, para cubrir las necesidades de la misma. Con unas mangueras acopladas a los mismos, se succionaba el cemento, pero en el lecho quedaba una cantidad que no podía ser succionada. Comenzaron entonces a vendérselo a la población. Se lo asignaban a los municipios, uno se apuntaba y cuando le tocaba pues iba con una “tropa” a barrer ese cemento y a llenar los sacos. Otorgaban 50 sacos por persona. Eso por supuesto me alcanzaba solo para comenzar, a pesar de que los sacos conseguidos, representaban una vez y media a los “standards”. El cuento es que “las torvas” de la Concretera Nacional eran una verdadera odisea. Había que penetrar por la escotilla del vagón, apenas había oxigeno en el mismo, el cemento caliente quemaba la zona por encima de los zapatos y al comenzar a barrerlo, la sensación de ahogo comenzaba a los pocos minutos, no más de 15 minutos podía estar un hombre allá adentro, por lo que teníamos que relevarnos continuamente. Los que estaban afuera, mucho mejor, por supuesto, pero también enfrentaban una tarea muy dura. Los que aguantaban el saco vacío para ir llenándolo, se iban quemando las manos, por el cemento, lo mismo le pasaba a los que amarraban los sacos, al final había que subirlos al camión.

La cosa no quedo ahí, ya que aprovechando el cambio institucional que ocurriría ese año, del traspaso de los llamados poderes locales a las asambleas del Poder Popular, me fui al Poder Local provincial y logré una entrevista con el responsable del área de la construcción que era la persona que otorgaba las autorizaciones para extraer los 50 sacos. Me trató muy bien, le hablé de mi trabajo como ingeniero y de mi imposibilidad de hacer las colas que por días habíamos tenido que hacer en la primera ocasión. El hombre se solidarizó conmigo y me otorgó el derecho a sacar 100 sacos más. La odisea se repitió con el doble de trabajo, pero ese día, cuando llegué a Jaruco, pareciendo que había salido de un pantano, me sentí el hombre más feliz del mundo: había resuelto el cemento para mi casa. Debo aclarar una cosa, todos estos materiales se pagaban al precio oficial, no vayan a pensar que los regalaban como premio al trabajo.

Los ladrillos, tuve que ir a sacarlos a Campo Florido del horno donde habían sido cocidos, con un buen grupo de amigos, no quiero ni recordarlo pues estaban tan calientes que ni los guantes evitaban que se nos quemaran las manos. No seguiré contándoles del resto, lo importante es que tras un esfuerzo continuo, en un año, terminé la mitad de la casa y nos mudamos, era el 13 de marzo de 1977, día maravilloso en nuestra historia personal. La mudada la hicimos en la carreta de un tractor, ya que eran muy pocas nuestras pertenencias, una cama ¾ y un escaparate, la camita de mi hija mayor que tenia 8 años (y que era prestada) y la cunita de la mas pequeña que tenia 5 años. En un año mas terminé la casa completa. Aunque me quedé empeñado y no poseíamos casi ni muebles, como familia nos sentíamos muy felices por el esfuerzo realizado, ya podíamos decir en voz alta: hogar dulce hogar.

Como todo lo había hecho de acuerdo a la legislación vigente, pude sin dificultad alguna obtener el título de propiedad de mi casa, que por supuesto pertenecía tanto a Ali como a mí, pues era un bien adquirido dentro de nuestro matrimonio. Ahí termina la primera parte de esta historia.

La segunda comienza con mi viaje a los EE.UU. y mi decisión de no regresar a mi país. En mi casa quedaron mi esposa y mi nieta, que vivió siempre con nosotros.

El 5 de diciembre de 1961, es decir hace casi 49 años, el gobierno cubano dictó una ley, cavernícola como tantas otras, que quizás en el furor revolucionario de aquellos primeros años pareciera algo natural, pero que para los cubanos siempre fue vista como el desprecio por parte del estado a todo lo que significaba la propiedad personal, no ya la de las grandes, medianas o pequeñas empresas que fueron todas “intervenidas” por el estado, sino de aquello que pudiera ser de un valor inestimable para cada persona o su familia: su casa con sus pertenencias, digamos un piano, o un librero, o un sillón que había sido de la abuela, en fin, todo lo que se encontrase dentro de la casa. Esa Ley 989 de 1961 ordena la confiscación de todo bien, mueble, inmueble, o de cualquier otra clase, derechos, acciones y valores de cualquier tipo, pertenecientes a aquellos que emigran de nuestro país. Que falta de respeto a los derechos de los ciudadanos cubanos.

En mi caso particular, cómo se ha aplicado la ley. Mi esposa, siguió viviendo en nuestra casa, los muebles siguieron en la misma, pero ella perdió el 50% de la propiedad, tanto de la casa como de todo lo que se encontraba dentro y que había sido considerado como adquirido por parte del matrimonio, por ejemplo, la máquina de coser quedó fuera porque se consideró como propiedad de Ali.

Y uno dirá, pero por qué no haber dejado las cosas así, si de todas maneras, a ella no la iban a sacar de la casa, mientras estuviera en Cuba. Pues porque perdió sus derechos de propietaria, con ese 50% por ciento, no podía siquiera poner en nuestra dirección a nuestra hija, por lo tanto el estado le exigió pagar el 50% que me pertenecía a mí, al mismo estado, para poder adquirir de nuevo la propiedad. Lo mismo con los muebles; funcionarios de la dirección de vivienda, del CDR y del PCC fueron a hacer el inventario de todo lo que estaba dentro de la casa, para darle un valor, para entonces poder pasarlo todo a la propiedad de Ali, mediante su pago al estado.

Mi esposa que es muy valiente, tuvo que vivir unas semanas de extrema tensión, porque lo que yo no me imaginaba, fue sacando subrepticiamente todas las cosas de mayor valor, televisor, VCR, lavadora, etc, para la casa donde vive mi hija, para que no se la inventariaran, con el riesgo de ser “chivateada” por el CDR. Así, pasó el inventario, con lo que era imposible de sacar. Tengo que decir aquí, que la funcionaria de vivienda se portó muy correctamente, y no inventarió el juego de cuarto de mi nieta, por considerar que era de la niña, lo que hay que agradecer, pues si es un funcionario extremista, no hubiese tenido esa consideración.

Tuvimos que esperar 5 años para lograr la reunificación, hoy, gracias a Dios, ya todos están aquí. Por supuesto, la casa pasó a ser propiedad del gobierno. Gracias a Dios se la entregaron a una familia muy necesitada. Pude contactar a la señora y me explicó que estaba pagando su valor al estado, de nuevo el “gran propietario” está cobrando el precio de la propiedad ajena.

Ayer comentaba yo con un gran amigo, que vive actualmente aquí en Miami, que cada cubano pudiera escribir un libro, sobre lo que ha tenido que pasar en la Cuba de Castro. Yo no sé si mi historia le interesará a alguien, pero la estoy escribiendo, poco a poco, en forma de pequeñas historias. Al menos así quedará para que mis nietos y bisnietos estén en el bando de aquellos que van a darlo todo, para que lo que ha sucedido a nuestra querida Isla y a su pueblo, no se repita jamás.
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