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TEMA: Una historia de Nicolaítas

Una historia de Nicolaítas 20 Abr 2010 13:50 #3099

Por Eduardo Mesa
www.lacasacuba.com/

Los Nicolaítas tienen en común una parroquia dedicada a San Judas y San Nicolás, ésta fue su comunidad de fe y sigue ocupando un lugar primordial en sus vidas. Se reúnen varias veces al año y reafirman, que donde quiera que estén son Nicolaítas, una filiación que a todas luces parece inextinguible.

Algo debe tener esa iglesia de la Habana extramuros, en la Plazoleta de San Nicolás, cerca de la calle Monte. Un barrio al que llegaron inmigrantes libaneses, sirios -creo que también había palestinos-, un pedazo de Oriente en la Habana de otrora, cuando la gente de todas partes llegaba a Cuba. Allí tuvieron el rito Maronita por muchos años, esa liturgia larga y hermosa, pródiga en incienso, cantos; comprensión de que el Misterio es importante, distancia de la obsesión por explicarlo todo. Queda la imagen de San Marón, un santo lejano en la distancia y el tiempo, apóstol del Líbano.

La Iglesia de San Nicolás es pequeña, nada es fastuoso en ella, los grupos de catequesis se distribuían en el templo porque no había, como en otras iglesias, suficientes salones para la catequesis. Una parroquia viva gracias a los a Nicolaítas, esos seres persistentes que no la abandonaron ni en los tiempos más difíciles.

Mi esposa, que es Nicolaíta, recordaba esta Semana Santa que en su iglesia conservaron la costumbre del Descendimiento de la Cruz, del Santo Entierro. Ella me contaba con qué cuidado se preparaban los monaguillos para que no sufriera daño alguno la imagen del Cristo yaciente. Me contaba también con lujo de detalles todo lo concerniente a aquellos Viernes Santos y Sábados de Gloria, cuando el Padre Jaime Manich, el párroco de callada sabiduría, impulsaba lo mejor de los otros.

Quien lo viera no podía imaginar que se quedó escondido en Pinar del Río cuando expulsaron a muchos de sus hermanos en el Covadonga. Salió de su escondite varios días después, esperando lo peor, era un escolapio catalán y sabía los crímenes cometidos en la guerra civil española. Afortunadamente no le ocurrió nada, se quedó a vivir en el obispado, atendía los pueblos cercanos, la cancillería, hacía la comida, operaba un viejo mimeógrafo y a veces limpiaba. Tenía la capacidad de planificar la pastoral y preparar los telones de una obra de teatro, nunca quiso ir a España hasta no tener la garantía de que lo dejaran regresar a Cuba.

En la Habana vivió del mismo modo, cerca de la gente, ejercitaba una espiritualidad sin aspavientos y un dinamismo sanador desde lo pequeño. Tuvo gran influencia en dos hombres, que a pesar de llevar caminos diferentes y a veces encontrados, tienen gran peso en la Iglesia cubana: Dagoberto Valdés y Jaime Ortega.

Los Nicolaítas de la diáspora no pierden de vista a su antigua parroquia, acaso la única. En sus reuniones confluyen las oleadas de este largo exilio, todos son bienvenidos. Se reza, se reúne dinero para socorrer algunas de las necesidades de los que están allá, se comentan las buenas o las malas nuevas y no saben si la despedida es en el Tropical Park o en la verja que se abre a la calle Manrique.

No pasará mucho tiempo hasta que recibamos otra carta invitándonos al próximo encuentro; mi esposa, como siempre, se pondrá muy contenta. Siento el deber de decir que si en algún lugar he sentido la comunión de la Iglesia cubana es en las reuniones de estos parroquianos de San Nicolás, seres persistentes como hay pocos, hermandad de los Nicolaítas a ambos lados del mar.
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