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20/01/2020
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El único problema del mundo

Estábamos de vacaciones en la isla de Sanibel, Florida, en uno de esos hoteles pegaditos a la playa; no se podían encender las luces de los balcones porque era la época del desove de las tortugas. A Carlos, mi sobrino, no le agradaba tanta obscuridad, pero cuando le explicamos, quedó encantado imaginando que en ese mismo momento muchas tortugas invadían la arena, buscando el sitio más adecuado para el desove.

Existe la hipótesis, cada día más evidente, que las tortugas regresan a anidar a la misma playa donde nacieron.

–Si las mamás pudieran hacer lo mismo, la tuya habría tenido que nadar hasta Cuba para tenerte, Carlos –le dije con ternura.  

–Pero con la obscuridad, ¿cómo iba a saber mami que eran las playas de Cuba? –me preguntó, perplejo.

–Pues parecido a las tortugas, mi niño, por el olor. El olor de nuestro mar es único.

Sentada en el balcón, la brisa, el olor del salitre, mi familia más cercana trajinando en el apartamento y en mi regazo, mi pequeño sobrino, encantado con una tía que le hablaba de historias de tortugas.

En Haití, el terremoto había destruido el país. En ese mismo instante en que yo disfrutaba tanto, mujeres embarazadas, madres con niños pequeños, ancianos…. dormían en carpas, rodeados de escombros sin saber cuando volverían a tener un hogar.

Tata, ¿te quedaste dormida? Sígueme contando sobre las tortugas.

Esa era nuestra última noche en el hotel, no queríamos irnos sin agradecerle a la señora de la limpieza sus servicios. Mi hermana me dio dinero para la propina, yo puse lo mío y cuando ellos se fueron para la playa, me quedé esperándola a la hora que llegaba, puntualmente, cada día.

La oí canturrear en el pasillo y supe que venía hacia mí. Mientras Marie hacía su faena y yo terminaba de empacar conversamos unos minutos. Era haitiana, no tenía a nadie aquí, enviaba cada mes buena parte de su salario a sus familiares. Le hablé de mis amigos de “Amor en Acción”, la organización católica que tanto ha hecho por Haití, de sus vivencias en las zonas más pobres. Mi intención era que no se sintiera sola, transmitirle que su país no estaba olvidado.

–Lamento mucho todos los problemas que tiene tu país, Marie.

Marie se quitó los guantes y caminó hacia mí. Hasta ese momento, no había interrumpido sus quehaceres (tenía que trabajar sin pausa para poder cumplir la norma, era una señora muy mayor ya). Puso sus manos en mis hombros y mirándome a los ojos me dijo:

Haití no tiene muchos problemas, mi niña.

–Ah, ¿no? Ya iba a enumerarle todo lo que se agolpaba en mi mente: corrupción, miseria, enfermedades, muerte

Haití tiene un solo problema, no tiene a Dios en su corazón. El día que todos los haitianos tengamos a Dios en el centro de nuestro corazón, se acabaron los problemas en Haití.

Tenía la propina en mi mano y no encontraba cómo dársela. Me quedé sin palabras. Nos abrazamos. Pensé en mi país, Cuba, en Venezuela, en Nicaragua, en Corea, del Norte el terrorismo. El fuerte contraste de su piel absolutamente negra, se mezcló con la bambula blanca de mi vestido playero. Sentí el calor de aquella mamá grande en mi pecho, se me salieron los lagrimones. Yo lloraba y ella sonreía con la convicción de que de que acababa de confiarme la solución definitiva para salvar a la humanidad.

Hoy, 8 años después, frente a un grupo de estudiantes que debatían sobre la esclavitud infantil, el consumo creciente de drogas y alcohol en los jóvenes, la amenaza del terrorismo y la violación de los derechos humanos en Cuba y Venezuela noté, que después de escucharse mutuamente, la negatividad reinaba.

–¡Son demasiados problemas, maestra! –dijo un joven de 15 años, con evidente frustración.

Faltaban unos minutos para que terminara el tiempo de clase y no quería cerrar aquel debate sin mostrarles alguna luz. Las palabras de Marie vinieron a mi mente y les conté lo que ella me había asegurado aquella mañana en la playa.

Se hizo silencio, sonó el timbre anunciando el fin de la clase y nadie se movía.

–Maestra, ¿usted está segura que la mujer que dijo eso era de carne y hueso? –gritó un joven algo contrariado– eso sólo se le puede ocurrir a un ángel.

–Analizando como estamos viviendo los hombres –les dije, tratando de llegar a su corazón–, ¿a ustedes no les parece que en vez de herirnos como las fieras, podríamos elegir amarnos como los ángeles? Piensen en esto, se los dejo de tarea.

Ya lo dijo Tomás Moro, santo y mártir de la Inglaterra de Enrique VIII: “Nunca los tiempos han sido tan difíciles que no se pueda ser santo”.

Profesora de Español y Literatura.