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18/12/2018
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EE.UU.: un país desgarrado por el partidismo

Estados Unidos se encamina esta semana a una cruenta lucha partidista por el nombramiento de un nuevo juez para el Tribunal Supremo, que va a influir decisivamente en las elecciones parciales del congreso en noviembre.

Las audiencias de un comité del senado para confirmar o no al nombramiento de Donald Trump del juez Brett Kavanaugh para llenar una plaza vacante del máximo tribunal, ha dado origen al mayor enfrentamiento político entre republicanos y demócratas.

Llevo más de veinte años viviendo en Estados Unidos, siete de ellos cubriendo la Casa Blanca como periodista, y nunca antes había visto un vergonzoso espectáculo como el del jueves pasado en el Comité Judicial del Senado, en un agrio debate.

Los senadores republicanos, siguiendo como siempre las órdenes de Trump, están tratando que la confirmación de Kavanaugh, un juez conservador como ellos, sea lo más pronto posible.

Y sobre todo, antes de las elecciones de noviembre, por si acaso pierden el actual control que tienen del Senado. Y si los demócratas lo recuperan, Kavanaugh no se sentaría en el Tribunal Supremo, si logran pararlo a tiempo.

En Estados Unidos es de vital importancia el Tribunal Supremo, actualmente con una ligera mayoría conservadora, que suele oscilar.

Con la candidatura de Kavanaugh, Trump quiere reforzar esa mayoría conservadora, en un puesto que es para toda la vida.

Y la actual trifulca entre republicanos y demócratas es solo un preludio de lo que se avecina en noviembre, donde los primeros podrían sufrir una derrota histórica.

Si eso ocurre, los demócratas podrían tener la vía libre para iniciar en el senado un juicio político (impeachment”) contra Trump por su presunta obstrucción de la justicia en la investigación de la alegada ayuda rusa a su campaña electoral de 2016.

Kavanaugh tenía fácil su nombramiento al Tribunal Supremo hasta que apareció Christine Blasey Ford, una profesora universitaria, alegando que cuando estaban en secundaria, el juez trató de violarla.

El testimonio de Ford ante el Comité Judicial del Senado, el jueves pasado, paralizo el país. Ella, en forma tranquila, pausada y convincente reafirmó su denuncia. Tanto que hasta el mismo Trump, en un acto insólito por parte de él, reconoció que era “creíble”.

Kavanaugh, por su parte, negó rotundamente la denuncia de Ford y en tono agresivo y beligerante, acusó a los demócratas de estar urdiendo “una conspiración” contra él. Y ahí es cuando estalló la cruenta lucha dialéctica entre republicanos y demócratas, inaudita hasta ahora en el senado.

El senado republicano Lindsay Graham desató toda su furia contra sus rivales políticos y fuera de sí, les gritó, de estar arruinado la vida de un juez “justo y honrado”.

De esa división parlamentaria se ha contagiado la población norteamericana entre los que creen a Ford o a Kavanaugh.

De lo que sí está claro es que los republicanos van a perder muchos votos de las mujeres en las elecciones de noviembre, especialmente de las feministas, por el linchamiento que hicieron de Ford.

Resulta hasta sospechoso las razones que tuvieron los senadores republicanos en el comité, de renunciar a sus derechos de cuestionar a Ford, cuando a ellos les encanta aparecer en televisión.

Es fácil deducir que estos senadores republicanos no quieren aparecer en televisión como “fieras machistas” contra una mujer indefensa que se ha atrevido a denunciar públicamente un abuso sexual.

Por ahora, la confirmación o no de Kavanaugh está en manos de la Agencia Federal de Investigación (FBI) que verificará la denuncia de Ford. Pero el daño ya está hecho. A Ford, a Kavanaugh, al senado y al país.

Alberto García Marrder

Publicado en El País/Honduras