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01/03/2021
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Columnistas invitados/Guest columnists

Una cuestión de identidad.

Los gatos no vuelan. Saltan bien, son envidiablemente elásticos, pero no pueden volar. Y el por qué es muy sencillo: su identidad lo impide.

Algo parecido sucede en el ser humano con la verdad: una vez que aparece, se impone. Se puede ser corto de mente y no ver la verdad; se puede estar equivocado y no entender la verdad; pero cuando la verdad se ve y se entiende, se impone a la razón. Podemos negarla, amordazarla, silenciarla, intentar desesperadamente que responda a nuestros intereses y no a la realidad, pero una y otra vez nos clavará su mirada y nos dirá: “¡Mientes!”.

Entre el sometimiento y la rebeldía.

La verdad puede ser sometida a muchas cosas: a intereses políticos, ideológicos, religiosos…, a intereses personales, a los propios miedos, pero siempre, una y otra vez, se negará a ser esclava, y desde el fondo más sagrado de nuestra conciencia, se rebelará y se resistirá a ser maniatada.

Y es que la verdad tiene vida propia, porque habita en la conciencia, ese prodigio que puede ser ensombrecido, manipulado, engañado…, pero que, como los árboles, renace, una y otra vez y, como la aurora, tarde o temprano, rompe las tinieblas con una luz imparable.

Una cuestión de elección.

Desde nuestra identidad, la verdad se impone. Desde nuestra decisión, podemos negarla, pero pagando precios muy altos.

Uno de los precios es la renuncia a la libertad. Si miento, por la razón que sea, me convierto en un esclavo, y el esclavo vive con miedo, porque sabe que el más mínimo desliz le costará todo.

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¡PATRIA, VIDA Y LIBERTAD!

Confieso que hay días en que me pregunto cómo podemos vivir los cubanos en medio de tanta arbitrariedad, incertidumbre y violencia. Para los creyentes nos queda el recurso de apelar a la fe, que nos revela a Dios hecho hombre y clavado en la cruz para redimir a toda la humanidad. A su imagen y semejanza deberíamos vivir esta pasión por Cuba, que duele hasta el tuétano y se torna oscura en la medida que un puñado de hombres ejercen de Pilatos, nos conducen hasta el calvario de la vida en la miseria, la zozobra y el odio.

En los últimos días se ha incorporado a la retórica oficial una campaña contra el lanzamiento de la canción “Patria y Vida” compuesta e interpretada por varios cantautores cubanos de la Isla y de la Diáspora. El video, que no tardó en volverse viral en las redes sociales, ha sido mal acogido por el gobierno de Cuba, que ha respondido con sendos artículos en el diario oficial del Partido Comunista, Granma, tuits en las cuentas oficiales del presidente y otros funcionarios, reportajes en el noticiero nacional de la televisión y, desgraciadamente, actos de repudio de los más espeluznantes de los últimos tiempos.

Si la Revolución es invencible, y está más fuerte que nunca, ¿qué hace un país respondiendo oficialmente, por todas las vías posibles de su monopolio comunicacional, ante una canción de unos artistas independientes? Si los medios oficiales como Cubadebate, califican con los argumentos más despectivos posibles a cada uno de los cantantes del video, estamos ante un censura oficial, o es obra de un editor por cuenta propia, que toma la justicia por su cuenta? Si la canción no ataca a personas, sino que habla de “un sistema que no funciona ni para nosotros mismos”, y todo el contenido producido por el gobierno es lesivo para la reputación de los cantantes, ¿quién incurre una vez más en actitudes poco éticas?

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Crimen sin castigo

Y aunque nos moleste admitirlo, hay que reconocer una verdad: ¡El autor intelectual de la masacre se salió con la suya! ¡Aunque fuese al costo de cuatro vidas cubanas inocentes!

A menudo resulta curioso el origen de las fechas históricas. El día en que se proclamó la independencia de nuestro vecino México, por ejemplo, fue determinado por el descubrimiento de la conspiración. Al saber que el secreto era ya conocido por los colonialistas, el líder militar patriota, Ignacio Allende, comentó: “¡Tenemos que huir!”. Un cura, don Miguel Hidalgo, replicó: “¡Lo que tenemos que hacer es alzarnos!”. Fue de ese modo que el 16 de septiembre, Grito de Dolores, devino símbolo de la independencia mexicana.

Según cuenta la historia, en Cuba la fecha del 24 de febrero fue escogida por tratarse de un domingo de carnaval. El jolgorio popular constituiría un buen pretexto para el movimiento de grupos de jinetes por poblados y caminos. Esto, a su vez, serviría para enmascarar desplazamientos que, en realidad, tenían carácter bélico, pero aparentaban ser pacíficas actividades fiesteras.

Sin embargo, una vez que la data entra en la historia, no resulta raro que admiradores y descendientes la escojan para la realización de nuevos acontecimientos, destinados a coincidir, en día y mes, con el otro, más importante, que les sirve de antecedente.

El pasado martes, la Televisión Cubana hizo un recuento de sucesos de la historia cubana que, no por casualidad, han tenido lugar un 24 de febrero: En 1899 entra en La Habana el generalísimo Máximo Gómez al frente del Ejército Libertador; en 1905 es develada en el Parque Central capitalino la icónica estatua de José Martí; en la segunda década del Siglo XX (no recuerdo el año) llegan de los restos del Apóstol al cementerio de Santa Ifigenia, en la segunda ciudad de la Isla.

El portal oficialista Cubahora hace un repaso similar, pero, fiel a su orientación castrista, se empeña en mezclar sucesos significativos, como los señalados en el párrafo precedente, con otros que carecen de verdadera trascendencia histórica. Así, por ejemplo, menciona la publicación, el 24 de febrero de 1957, en el diario The New York Times, de la entrevista de Herbert Matthews a Fidel Castro.

Pero por supuesto que ni del Noticiero Estelar ni de Cubahora cabía esperar que rememoraran los sucesos que tuvieron lugar en nuestra Patria y en sus mares adyacentes ese mismo día, pero del año 1996. ¡Ha pasado ya un cuarto de siglo! ¿Quién lo diría!

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El Soberano es el Ciudadano

Cuba vive en medio de una crisis. Es necesario tomar decisiones y diseñar políticas públicas sin dilación y sin exclusión. Todos queremos salir ya de la crisis-sobre-crisis que es la pandemia sobre un modelo que no funciona. ¿Quiénes deben tomar las decisiones? ¿Quiénes deben contribuir al diseño de los caminos que necesitamos? ¿Quiénes deciden cuáles, cuándo y cómo se escogen y recorren esos caminos?

Las respuestas pueden ser diferentes. Y, en coherencia con los hechos, podemos evaluar qué modelo antropológico nos ha servido para el desarrollo humano integral de los cubanos, en qué tipo de sociedad vivimos, en qué sistema político se desarrolla nuestra existencia, y con qué modelo económico queremos resolver nuestros problemas. Por los hechos también podemos saber cómo es nuestra vida cultural, religiosa, o cómo son las relaciones de Cuba con la comunidad internacional. Son los hechos y no las ideologías, las que nos permiten tener una idea objetiva de lo que está sucediendo en nuestro país. Si solo la ideología es la que prevalece y nos permite conocer la realidad, entonces somos idealistas. Si solo lo material prevalece, somos materialistas. Con hechos e ideas, lo más pegados a la realidad posible, entonces somos realistas.

Para evaluar los sistemas sociales existen instrumentos universalmente aceptados que permiten conocer las respuestas de fondo a cada una de estas preguntas. Son criterios de juicio mundialmente consensuados. Estas herramientas para evaluar los modelos antropológicos, sociales, económicos, políticos, religiosos, culturales e internacionales, no surgen del voluntarismo de una persona, o de un grupo, ni de una ideología, ni siquiera de un país o comunidad de naciones de una región del mundo. La conciencia mundial, el desarrollo cultural, el crecimiento cívico de la humanidad, han alcanzado un nivel de consenso indiscutible que se pueden resumir en el espíritu y la letra del documento cívico de mayor trascendencia y altura de miras que ha logrado el género humano: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la ONU el 10 de diciembre de 1948, y los Pactos Internacionales que la aplican y complementan: el de Derechos civiles y políticos, el de Derechos económicos, sociales y culturales, y el de Derechos de los pueblos.

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El rol del derecho en los reclamos opositores cubanos

Cuando un segmento de la oposición al castrismo hace planteamientos que otros disidentes consideremos erróneos, ¿cuál es la postura correcta a asumir? ¿Señalar la deficiencia o guardar silencio? ¿Debatir —de manera respetuosa y civilizada, claro— los puntos en conflicto u optar por callarse para no ser acusado de hacerle “oposición a la Oposición”!

En el plano político, creo que ese es un buen tema a debatir por parte de los amigos lectores. En mi caso personal, que con 77 años a cuestas ya no tengo aspiraciones a desempeñarme en el escabroso terreno de la política, cuento con la posibilidad de eludir ese dilema y limitarme a mi labor como abogado independiente —agramontista, por más señas— que también soy.

Los criterios que puedo —y creo que debo— argumentar al respecto son los de carácter técnico-jurídico. Mi profesión (la misma que hace más de un cuarto de siglo la dictadura no me permite ejercer ante los tribunales cubanos) me abre un camino para someter, a la consideración de los hermanos a los que en un momento dado puedo considerar errados, argumentos que son difíciles de rebatir, puesto que se basan en el análisis de las normas del derecho.

Es lo que me sucedió hace lustros, con el llamado Proyecto Varela. A su redactor, el ingeniero Oswaldo Payá, y a sus promotores, me consideré en el deber de señalarles los errores jurídicos en los que estaban incurriendo; llamar su atención sobre circunstancias que me parecieron importantes y que pertenecían al terreno del derecho.

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