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20/09/2018

La propiedad privada y el destino universal de los bienes

«DE JUAN PABLO II A SUS HERMANOS EN EL EPISCOPADO, AL CLERO, A LAS FAMILIAS RELIGIOSAS, A LOS FIELES DE LA IGLESIA CATÓLICA Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD EN EL CENTENARIO DE LA RERUM NOVARUM»

Con esas palabras encabeza Juan Pablo II su famosa Encíclica centenaria con un propósito abarcador de divulgación.

Pero antes de entrar en materia en esta ojeada histórica que lleva a su redacción y promulgación, conviene subrayar que una Encíclica es la forma suprema del ejercicio del magisterio ORDINARIO del Sumo Pontífice en la Iglesia católica, el cual usa esa herramienta para cumplir su misión de guiar a la comunidad de creyentes. El Papa cumple así esa función fundamental de su ministerio en servicio de la unidad del Evangelio y de la unidad de su Iglesia.  La Encíclica que vamos a analizar corresponde al magisterio ordinario.

Conviene también subrayar que el Papa cuenta también con autoridad para desarrollar el magisterio EXTRAORDINARIO en defensa de las verdades fundamentales del Cristianismo o de la existencia misma de la Iglesia, por lo que el magisterio extraordinario se ejerce a través de los Concilios Ecuménicos. La autoridad del Papa en esos casos quedó bien definida en el Concilio Vaticano I, y le es reconocida cuando habla ex cathedra sobre materias de fe y de costumbres.

Por tanto, una Encíclica es el documento de mayor autoridad en el magisterio ORDINARIO de la Iglesia.

Entre León XIII y Juan Pablo II se produjo una tremenda evolución histórica que conmocionó a la humanidad y transformó las relaciones entre los pueblos. En ese entorno contemporáneo se consumó el proceso de apertura y reconciliación de la Iglesia con la historia en el Concilio Vaticano II, plasmado en dos encíclicas: la de Juan XXIII, Pacem in terris, y la de Pablo VI, Populorum progressio, que enfocaron un mundo concreto –del cual la Iglesia reconoce su realidad– para asumir una obligación de evangelización y servicio que nos obliga a todos a solidarizarnos y estar dispuestos a colaborar para que la humanidad pueda salir de la pobreza, de la carencia de identidad cultural, de la dependencia económica y de la servidumbre política.

Pío XII contribuyó también al tema de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) mediante sus famosos radiomensajes (que son también una de las fuentes de la DSI),  en uno de los cuales expresó, en particular, que “la aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia es obligatoria para todo católico, y está fijada definitivamente, de manera unívoca, en sus principios fundamentales, pero es suficientemente amplia para adaptarse y aplicarse a las situaciones cambiantes de la realidad” (Alocución del 29-4-1945).

La encíclica que ahora examinamos se expide en conmemoración de los cien años para confirmar el valor de las enseñanzas de la carta encíclica escrita por León XIII, “Rerum Novarum”, en la cual encontraremos capítulos que hablan de los rasgos característicos del Estado, como también de aspectos que enmarcan el Estado y la cultura, el hombre dentro del camino de la Iglesia y la propiedad privada y el destino universal de los bienes.

La “Rerum Novarum” en su contenido se presta para ser un instrumento muy apropiado dentro de la situación actual, puesto que su marco histórico y previsiones apuntan sorprendentemente a las consecuencias negativas bajo los aspectos políticos, sociales y económicos de un ordenamiento social que se edifica sobre las propuestas del socialismo más adelante conocido como “socialismo real” (o comunismo) del cual dice:

“Para solucionar este mal (se refiere la Encíclica a la injusta distribución de las riquezas junto con la miseria de los proletarios) los socialistas instigan a los pobres al odio contra los ricos y tratan de acabar con la propiedad privada estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes...; pero esta teoría es tan inadecuada para resolver la cuestión, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es además sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión del Estado y perturba fundamentalmente todo el orden social.

El carácter social del ser humano no se agota en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del ámbito del bien común. Esta «subjetividad de la sociedad», junto con la subjetividad del individuo, ha sido anulada y vista de una manera errónea por el socialismo real”.

Pues bien, el socialismo real anula toda esta subjetividad y propicia una visión ateísta. Por lo tanto, el hombre queda reducido a un simple elemento, una molécula de una serie de relaciones sociales, que distorsiona el derecho del ejercicio de la libertad. En efecto, cuando no le es posible llamar “suyo” al producto de sus esfuerzos y no tiene la posibilidad de ganar para vivir por su propia iniciativa, pasa a depender de la maquina social de quienes la controlan, lo cual dificulta reconocer la dignidad de la persona y entorpece el camino para la constitución de la auténtica comunidad humana.

En cuanto a la diferencia de clases sociales, la Encíclica Rerum Novarum afirma que no están limitadas a negar el respeto por la dignidad del otro y por tanto tampoco el respeto propio, porque, en definitiva, el dogmatismo del socialismo real excluye un acuerdo razonable y persigue NO ya el bien general de la sociedad, sino más bien un interés parcializado que suplanta al bien común y aspira a destruir todo lo que se opone a la doctrina totalitaria.

Esta carta de ahora (Centesimus Annus) es la tercera encíclica social de Juan Pablo II, promulgada el 1º de mayo de 1991 y escrita para conmemorar el centenario de Rerum Novarum. Se ha propuesto nuestro querido y santo Papa mirar al pasado, pero principalmente elabora todo un proyecto de futuro. Al igual que la Rerum Novarum, se sitúa casi en los umbrales del nuevo siglo y, con la ayuda divina, se propone preparar su llegada, en las cuales el socialismo, el marxismo y el liberalismo son consideradas teorías que no se prestan para el dialogo y la colaboración con el pobre y por el pobre, tanto económicamente, como cultural y religiosamente.  

Con ese propósito, Centesimus Annus dio a conocer a la Iglesia y al mundo la reflexión madura de Juan Pablo sobre las causas y el significado de la revolución de 1989 (fecha del hundimiento de la Unión Soviética y su imperio), al tiempo que apuntaba hacia las “cosas nuevas” del siglo XXI y propiciaba un desarrollo creativo de la Doctrina Social de la Iglesia.

La palabra pontificia que emana de esta encíclica se ha formulado de forma más humilde, respondiendo con firme claridad al reproche de que su Doctrina Social es una ideología o, más concretamente, que se trata de una ideología conservadora. En esta encíclica queda claro que no se presenta un sistema completo que da respuesta a todo, NO ES UN PLANTEAMIENTO IDEOLÓGICO, sino que se limita e enunciar principios indispensables para que haya un orden justo y respetuoso de la dignidad humana. Y deja en manos de una sociedad participativa y democrática la tarea de pensar fórmulas y experimentar soluciones.

El amor por el hombre y, en primer lugar, por el pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo, se concreta en la promoción de la justicia. Ésta nunca podrá realizarse plenamente si los hombres no reconocen en el necesitado, que pide ayuda para su vida, NO a alguien inoportuno o como un ente anónimo que se percibe como si fuera una carga, sino la ocasión de alimentar un bien en sí, la posibilidad de una riqueza mayor de confraternidad, colaboración y solidaridad. Sólo esta conciencia, esta edificante actitud, dará la fuerza para afrontar el riesgo y el cambio implícitos en toda iniciativa auténtica para ayudar a otro ser humano.

En efecto, no se trata solamente de dar lo superfluo, sino de ayudar a pueblos enteros —que están excluidos o marginados— a que entren en el círculo del desarrollo económico y humano. Esto será posible no sólo utilizando lo superfluo que nuestro mundo produce en abundancia, sino cambiando sobre todo los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen abrumadoramente a la sociedad de hoy.

Dentro de estos parámetros, debo subrayar que una encíclica es, en un sentido, la obra personalísima de un Papa en la evolución del Magisterio ORDINARIO de la Iglesia y, en  otro sentido, es un escrito elaborado en forma colectiva, correspondiente al grupo de personas que son preguntadas, integradas a la programación, consultadas para aspectos particulares y autoras de la redacción final. Centesimus Annus es un exponente ejemplar de esa convergencia de una identidad de fondo, que anima e identifica clarísimamente todo el escrito. Por tanto, y para hacer un poco de historia, debemos reconocer que la promulgación de una encíclica para celebrar el centenario de Rerum Novarum era algo previsible, inevitable. Con ella, Juan Pablo se proponía abordar cuestiones de economía contemporánea; de ahí sus palabras a su compañero de clase, el obispo Jorge Mejía, del Pontificio Consejo Justicia y Paz: “Quizá convenga ver lo que dicen unos cuantos economistas”.

Mejía captó la indirecta, y en consecuencia, como contribución al caldo de cultivo intelectual del que saldría la encíclica, Justicia y Paz organizó para el 5 de noviembre de 1990 un encuentro de economistas de prestigio de diversas procedencias. Después de una sesión matutina en la sede del Consejo, los economistas fueron llevados al Palacio Apostólico, donde Juan Pablo II ejerció de anfitrión en un almuerzo de trabajo. El obispo Mejía desempeñó el papel de moderador, pidiendo comentarios a cada uno de los economistas invitados. El profesor Robert Lucas, que asistió al encuentro, recuerda que Juan Pablo II formuló preguntas con gran agudeza. Lucas quedó impresionado por la “inteligencia y seriedad” del Papa, y por su “total falta de ceremonias y pomposidad”. Después de la comida y debate con el Papa, los economistas regresaron a la sede del Consejo para reanudar las discusiones. En su debido momento, el Consejo elaboró una “síntesis” que se proponía servir de guía para la redacción de la encíclica del centenario. Juan Pablo la estudió e hizo que llegara a manos de sus interlocutores intelectuales, entre ellos el filósofo italiano Rocco Buttiglione.  Y por ahí se sentaron las bases de elaboración de este notable documento.

Pero Juan Pablo II era un hombre paradigmático del momento histórico que vivía la humanidad.  Adopta como trasfondo del análisis que contiene su Encíclica la pregunta de a qué se debían los hechos de 1989, y por qué se habían producido justo en aquel momento y de aquella manera. Repite, como en tantas ocasiones, que el motor de la historia es la cultura, no la economía ni la superioridad material. Ésa era la verdad que explicaba el porqué, el cómo y el cuándo de 1989. Porque los inesperados acontecimientos de ese año crucial derivan, como señala la Encíclica, de “la violación de los derechos de los trabajadores” por parte de un sistema que decía gobernar en su nombre. Con su resistencia “en nombre de la solidaridad”, los trabajadores habían “recuperado, y en cierto sentido redescubierto, el contenido y los principios de la doctrina social de la Iglesia”, y eso los había animado a resistir “mediante una protesta pacífica, sin usar otras armas que las de la verdad y la justicia”. Se trataba de otra refutación del credo marxista, ya que, “mientras el marxismo sostenía que la exacerbación de los conflictos sociales era la única manera de solucionarlos a través del enfrentamiento violento”, la división de Europa en Yalta NO se había visto superada por otra guerra, todo lo contrario, sino por el compromiso NO violento de unas personas que “tuvieron éxito [ . . . ] en la búsqueda de maneras eficaces de dar testimonio de la verdad”.

Y es este esfuerzo de colaboración y síntesis el que culmina en el análisis de los temas de la propiedad privada y la distribución universal de los bienes contenidos en el mensaje central de esta Encíclica. El nuevo Catecismo y el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia recogen el mensaje sobre estos temas con palabras precisas:

“La comunidad política tiene el deber de honrar a la familia, asistirla y asegurarle especialmente:
(…)
— el derecho a la propiedad privada, a la libertad de iniciativa, a tener un trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar;” (Catecismo, 2211)

“El derecho a la propiedad privada, adquirida por el trabajo, o recibida de otro por herencia o por regalo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio. «El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que han de aprovechar no sólo a él, sino también a los demás» (GS 69, 1). La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus próximos.” (Catecismo, 2403 y 2404)

“El Magisterio social de la Iglesia estructura la relación entre trabajo y capital también respecto a la institución de la propiedad privada, al derecho y al uso de ésta. El derecho a la propiedad privada está subordinado al principio del destino universal de los bienes …” (Compendio DSI, 282)

“La propiedad privada, en efecto, cualquiera que sean las formas concretas de los regímenes y de las normas jurídicas a ella relativas, es, en su esencia, sólo un instrumento para el respeto del principio del destino universal de los bienes, y por tanto, en último análisis, un medio y no un fin.” (Compendio DSI, 177)